Que viva el amor
El fin de semana pasado ocurrió algo tan especial: me comprometí 💍
Esta historia comienza el 4 de octubre de 2024.
Recientemente me había descargado la app Bumble para intentar volver al mundo del dating. Había tenido varios dates por Hinge, pero sentía que los hombres (o más bien, niños) que conocía por esa app no estaban a mi altura. Si estabas en mis close friends de Instagram, sabes las mil y una historias que contaba. Una de ellas fue la de un chico que decía que estaba buscando a una mujer “tranquila”, porque él no quería a alguien que saliera a rumbear ni viajara con sus amigas, ya que eso —según él— era “jugar con fuego”.
Honestamente, no sabía qué me iba a encontrar en Bumble. Pero al ver el perfil de Juan, dos cosas me llamaron muchísimo la atención: 1) era corredor y 2) hablaba tres idiomas. Adicionalmente, era de Venezuela. Confieso que no había tenido la mejor experiencia con venezolanos y los tenía en mi lista negra, pero decidí aventurarme, arriesgarme y mandarle un corazón. O como dicen: swipe right.
Bumble tiene la particularidad de que las mujeres son quienes mandan el primer mensaje, y este fue el mío:
De ahí pasamos a hablar por Instagram, donde me preguntó si estaba libre el fin de semana porque quería invitarme a tomar café en su lugar favorito de Miami. Nuestra primera cita fue un domingo a las 11:00 a.m. y, como siempre, yo estaba tarde. Sin embargo, en retrospectiva, me pareció tan lindo que el Uber me dejara exactamente a las 11:11 a.m.
Desde ese día sentí un nivel de paz y felicidad que nunca había sentido antes. Fast forward un año y varios meses, y llegó el 13 de diciembre de 2025.
Vale la pena contar que Juan y yo habíamos tenido muchas conversaciones sobre nuestro futuro. Ambos teníamos muy claro que nos queríamos casar, y yo había sido muy expresiva sobre lo que quería cuando llegara el día de nuestro compromiso.
El sábado arrancó como cualquier otro sábado. Tenía mi cita semanal con el alergólogo para recibir mis inyecciones de mi tratamiento de alergias (perro, gato y polvo). Antes de ir al doctor, logramos ir a desayunar a un lugar que mi vecina Lais me había recomendado: Ophelia. Compramos dos cafés (obviamente) y tres cosas para picar. No tenían dónde sentarse, así que usamos la parte de atrás del carro para hacer un mini picnic y disfrutar del desayuno.



Al terminar la cita médica, fuimos al supermercado a comprar comida para el almuerzo, dormimos siesta, cocinamos pasta y luego fuimos un rato al gym con mi hermana. Para ese momento, yo no me esperaba absolutamente nada. Sabía que teníamos una cita a las 7:00 p.m. en nuestro café favorito, al que hace poco le aprobaron la licencia de vinos (Emissary), pero no tenía ninguna sospecha.
Al terminar de entrenar, me arreglé en mi casa. Me puse unos jeans con una camisa verde/marrón que había comprado recientemente y unos zapatos marrones. No le di demasiadas vueltas al outfit, pero sí quería verme linda porque tenía una cita con mi novio. Mientras íbamos camino a su casa para que él se arreglara, le comenté que me parecía un poco extraño que mis papás no hubieran aparecido en todo el día, especialmente porque acababan de llegar a Miami. Mandé un mensaje al grupo familiar preguntando cómo estaban y qué planes tenían en la noche, y me respondieron que tenían una cena en casa de un amigo.
Juan se cambió y se arregló en su casa, y yo empecé a notar que estaba un poco extraño. Por ejemplo, usualmente antes de salir lo primero que hace es apagar el aire, pero cuando yo salí primero me di cuenta de que seguía prendido. Él me dijo que ya lo iba a apagar y se quedó un momento más adentro. A último momento se puso un vest azul (que habíamos comprado la Navidad anterior en Lululemon), lo cual me pareció rarísimo porque no hacía tanto frío como para usar un vest en Miami.
Llegamos a Emissary y yo quería sentarme en la barra —porque usualmente, cuando vamos a tomar algo, sea café o vino, Juan es el primero en sugerir la barra— pero él insistió en que nos sentáramos en la “mesa que había reservado”. Luego llegó el gerente a saludarnos y a decirnos que estaba súper feliz de ver que finalmente íbamos a tomarnos unos vinos ahí.
Juan se paró para ir al baño (luego me confesó que quería practicar cómo abrir la caja) y, al regresar, al sentarse de nuevo, estiró su mano para agarrar la mía y empezó a decirme lo feliz que era a mi lado. Seguía diciéndome cosas hermosas y, de la nada, empecé a escuchar el clic de una cámara. Sabía que a mi lado derecho había una chica sentada… y ahí caí en cuenta de lo que estaba pasando.
Los detalles de lo que dijo me los guardo para mí, pero sí les cuento que el momento fue tan hermoso y tan especial 💛
Siempre he creído profundamente que el amor bonito existe. Tengo a mis padres como el mejor ejemplo. Y hoy, con una sonrisa de oreja a oreja, les cuento que por fin encontré al amor de mi vida.
Con cariño,
Sylvi














Estoy tan feliz por ti Sylvi! No mereces menos! No te conozco en persona, pero siento que eres una amiga!!! Te mando un abrazo enorme y te deseo felicidad eterna🤍